La estrategia adoptada por el almirante Williams Rebolledo para subsanar su fracaso en atraer a la armada peruana a una batalla decisiva bloqueando Iquique, motivó que la Escuadra nacional pusiera proa hacia El Callao, buscando ahora sí forzar a su contraparte a combatir. Desafortunadamente para sus pretensiones, el monitor Huáscar, bajo el mando de Miguel Grau Seminario, quien además era el comandante de la flota peruana, y la Independencia, comandada por Juan Guillermo Moore salieron con rumbo al sur por alta mar, causando que ambas escuadras se cruzaran entre sí sin avistarse.
Antes de partir, Williams dejó custodiando la bahía de Iquique a dos viejas corbetas de madera, veteranas de la guerra contra España en 1866, la Esmeralda y la Covadonga, bajo las órdenes de Arturo Prat Chacón y de Carlos Condell de la Haza, respectivamente. La primera contaba con 20 cañones de 32 lbs., pero estaba en pésimo estado, con sus calderas casi inservibles, mientras que la segunda si bien estaba en mejores condiciones, sus 3 cañones de 40 lbs., sumados a 2 de 70 lbs. eran bastante más débiles que la artillería de los acorazados peruanos.
Para el 21 de mayo de 1879, el Huáscar y la Independencia arribaron a la rada de Iquique, encontrándose con sus disminuidas adversarias. El primero estaba armado con 2 imponentes cañones de 300 lbs., más otros 2 de 40 lbs.; mientras que su compañera contaba con 2 cañones de 150 lbs. más 14 cañones de 70 lbs. Prat, sabedor de que la Esmeralda no tenía posibilidad alguna de escapar, pronunció sus inmortales palabras, que harían eco en una Nación entera:
Engañado por un reporte erróneo que advertía que la Esmeralda estaba armada con torpedos, Grau se limitó a cañonear a la vieja corbeta con el fin de hacerla pedazos. Sin embargo, Prat había deslizado su nave cerca de la costa, de tal manera que los artilleros peruanos, incomodados por la posibilidad de que sus proyectiles cayesen sobre el puerto, mostraron una pésima puntería, no acertando ni un solo tiro. Por el contrario, los artilleros chilenos mostraron ser bastante certeros, pero sus disparos apenas abollaron el blindaje del monitor.
Entretanto, Condell guiaba a la Covadonga por los bajos del litoral, siendo irresponsablemente seguido por Moore, a pesar de que su nave, con un calado mucho mayor, corría el serio riesgo de encallar. Sólo él sabe el porqué de su estrategia de intentar espolonear a la Covadonga, cuando todo lo que tenía que hacer era aprovechar su mayor andar, adelantársele un poco más separada de la costa y batirla a cañonazos. Pues bien, su necedad tuvo como resultado que su poderosa fragata encallase en Punta Gruesa, luego de lo cual fue rendida por los cañones de su pequeña contrincante. David había vencido a Goliat, y Perú perdía la mitad de su poderío naval, y la chance de disputar el dominio del mar.
En Iquique en tanto, las cosas no salían bien para la Esmeralda. Siendo acosada por un cañón emplazado en el puerto, se vio obligada a moverse a unos escasos dos nudos, advirtiendo a Grau del error del reporte que se le había hecho llegar. Resolvió este último entonces hundir a la corbeta a espolonazos. El primero, fue barajado por la Esmeralda al ofrecer un ángulo oblicuo al espolón, pero en el esfuerzo reventó su última caldera, y un cañonazo a quemarropa del monitor mató a 50 marineros. Este ataque fue aprovechado por Prat para saltar al abordaje del monitor enemigo, pero en el fragor del combate sólo fue escuchado por el sargento Aldea. Ambos murieron en la cubierta del Huáscar. El segundo espolonazo dio de lleno en la Esmeralda por estribor, pero ahora saltarían unos doce marineros bajo el mando de Ignacio Serrano con idéntico resultado. Un tercer y definitivo espolonazo terminaría de sellar la suerte de la Esmeralda, que se hundiría con su bandera al tope y con el guardiamarina Ernesto Riquelme disparando un último cañonazo cuando sólo sobresalía la popa. Habían transcurrido más de tres horas de desigual combate, y ambas embarcaciones chilenas habían sabido cumplir con su deber.
De la dotación de 198 marinos de la Esmeralda sólo sobrevivieron 59. Su sacrificio, unido a la sorprendente hazaña de Condell permitieron que el convoy con 2.500 soldados llegase sano y salvo a Antofagasta, y generó una vigorosidad y satisfacción por el heroísmo de sus hombres. Los mártires de Iquique dejaron señalado el camino a seguir para lograr la victoria final.
Antes de partir, Williams dejó custodiando la bahía de Iquique a dos viejas corbetas de madera, veteranas de la guerra contra España en 1866, la Esmeralda y la Covadonga, bajo las órdenes de Arturo Prat Chacón y de Carlos Condell de la Haza, respectivamente. La primera contaba con 20 cañones de 32 lbs., pero estaba en pésimo estado, con sus calderas casi inservibles, mientras que la segunda si bien estaba en mejores condiciones, sus 3 cañones de 40 lbs., sumados a 2 de 70 lbs. eran bastante más débiles que la artillería de los acorazados peruanos.
Para el 21 de mayo de 1879, el Huáscar y la Independencia arribaron a la rada de Iquique, encontrándose con sus disminuidas adversarias. El primero estaba armado con 2 imponentes cañones de 300 lbs., más otros 2 de 40 lbs.; mientras que su compañera contaba con 2 cañones de 150 lbs. más 14 cañones de 70 lbs. Prat, sabedor de que la Esmeralda no tenía posibilidad alguna de escapar, pronunció sus inmortales palabras, que harían eco en una Nación entera:
Muchachos, la contienda es desigual, pero ánimo y valor. Nuestra se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo y espero que no sea ésta la ocasión de hacerlo. Por mi parte, os aseguro, que mientras yo viva, esta bandera flameará en su lugar, y si yo muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber. ¡Viva Chile!Acto seguido, le ordenó a Condell, quien se había acercado con su navío para conferenciar, huir hacia el sur navegando próximo a la costa, buscando dividir a las fragatas peruanas. Tuvo éxito, ya que la Independencia salió en su persecución, mientras el Huáscar se quedó para enfrentarlo en un desigual combate.
Engañado por un reporte erróneo que advertía que la Esmeralda estaba armada con torpedos, Grau se limitó a cañonear a la vieja corbeta con el fin de hacerla pedazos. Sin embargo, Prat había deslizado su nave cerca de la costa, de tal manera que los artilleros peruanos, incomodados por la posibilidad de que sus proyectiles cayesen sobre el puerto, mostraron una pésima puntería, no acertando ni un solo tiro. Por el contrario, los artilleros chilenos mostraron ser bastante certeros, pero sus disparos apenas abollaron el blindaje del monitor.
Entretanto, Condell guiaba a la Covadonga por los bajos del litoral, siendo irresponsablemente seguido por Moore, a pesar de que su nave, con un calado mucho mayor, corría el serio riesgo de encallar. Sólo él sabe el porqué de su estrategia de intentar espolonear a la Covadonga, cuando todo lo que tenía que hacer era aprovechar su mayor andar, adelantársele un poco más separada de la costa y batirla a cañonazos. Pues bien, su necedad tuvo como resultado que su poderosa fragata encallase en Punta Gruesa, luego de lo cual fue rendida por los cañones de su pequeña contrincante. David había vencido a Goliat, y Perú perdía la mitad de su poderío naval, y la chance de disputar el dominio del mar.
En Iquique en tanto, las cosas no salían bien para la Esmeralda. Siendo acosada por un cañón emplazado en el puerto, se vio obligada a moverse a unos escasos dos nudos, advirtiendo a Grau del error del reporte que se le había hecho llegar. Resolvió este último entonces hundir a la corbeta a espolonazos. El primero, fue barajado por la Esmeralda al ofrecer un ángulo oblicuo al espolón, pero en el esfuerzo reventó su última caldera, y un cañonazo a quemarropa del monitor mató a 50 marineros. Este ataque fue aprovechado por Prat para saltar al abordaje del monitor enemigo, pero en el fragor del combate sólo fue escuchado por el sargento Aldea. Ambos murieron en la cubierta del Huáscar. El segundo espolonazo dio de lleno en la Esmeralda por estribor, pero ahora saltarían unos doce marineros bajo el mando de Ignacio Serrano con idéntico resultado. Un tercer y definitivo espolonazo terminaría de sellar la suerte de la Esmeralda, que se hundiría con su bandera al tope y con el guardiamarina Ernesto Riquelme disparando un último cañonazo cuando sólo sobresalía la popa. Habían transcurrido más de tres horas de desigual combate, y ambas embarcaciones chilenas habían sabido cumplir con su deber.
De la dotación de 198 marinos de la Esmeralda sólo sobrevivieron 59. Su sacrificio, unido a la sorprendente hazaña de Condell permitieron que el convoy con 2.500 soldados llegase sano y salvo a Antofagasta, y generó una vigorosidad y satisfacción por el heroísmo de sus hombres. Los mártires de Iquique dejaron señalado el camino a seguir para lograr la victoria final.
No comments:
Post a Comment